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Edad de Plata de las letras españolas

De Ateneo de Córdoba
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La «Edad de Plata» de las letras españolas.

A pesar de que la dinámica social iba aumentando la energía de las contradicciones que, vistas con perspectiva, llevaron al trágico estallido de la Guerra Civil, el primer tercio del siglo XX (desde el reinado de Alfonso XIII, pero sobre todo durante la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República), fue cualquier cosa menos una época tenebrosa y pesimista: acogió la llamada Edad de Plata de las letras y ciencias españolas.

Tradicionalmente, en este período se habla de varias generaciones de la cultura española, que son conocidas como del 98, 14 y 27.

Como periodo no ha sido acotado con nitidez, pero un hito inicial de gran repercusión interna por lo que supuso para el orgullo nacional tras el deprimente Desastre de 1898, fue sin duda el Premio Nobel de medicina otorgado a Santiago Ramón y Cajal (1906). Aunque en aquel momento en realidad sólo significaba una luminaria aislada surgida del esfuerzo individual, los hechos posteriores demostraron que representaba un síntoma de la renovación científica de España del primer tercio del siglo XX, y que conscientemente intentaba construir la nación mediante el progreso. Por contraste, el Premio Nobel de literatura otorgado dos años antes a José Echegaray suscitó un sonoro escándalo en el mundo literario español, lo que no dejaba de ser prueba del dinamismo y la pluralidad existente en su seno.

La repatriación de capitales obligada por la evacuación de Cuba distó mucho de ser una tragedia económica, y la neutralidad española en la Primera Guerra Mundial produjo fabulosas oportunidades de negocio, al mismo tiempo que intensificó los desequilibrios sociales (crisis de 1917). La sociedad de consumo de masas no se implantó hasta mucho más tarde, aunque sí aparecieron algunas de sus características, como la electrificación y la difusión de los modernos medios de comunicación (teléfono y radio). Multitud de cabeceras periodísticas contribuyeron de forma muy notable a la divulgación de la producción intelectual y la creación de una opinión pública caracterizada por la libertad y el pluralismo.

En lo cultural, ésta época presenció la madurez de las generaciones de 1898 y de 1914, el florecimiento de instituciones creadas en las primeras décadas del siglo (la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes y muchas otras), y fue testigo de cómo la posición unamuniana del «Que inventen ellos» quedaba superada por la cada vez mayor conexión de la intelectualidad española con la europea de vanguardia. Las mentes españolas más lúcidas parecían estar encontrándose consigo mismas, y con su lugar en el mundo. De ese clima intelectual es muestra un documental, recientemente recuperado, que se filmó en la época para ser distribuido en América, titulado ¿Qué es España? 1929–1930.

La generación de 1927 o de la amistad reunió a una pléyade de poetas irrepetible (Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados...)cuya nómina no agota las individualidades de todos los ámbitos de la cultura que suele dejar fuera (la filósofo María Zambrano, el científico Severo Ochoa, el dramaturgo Alejandro Casona, su rival escénico José María Pemán, los fundadores del teatro del absurdo español, Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela, y más poetas, como José Bergamín, Juan Larrea, Rosa Chacel, Carmen Conde, Miguel Hernández, el ingeniero Eduardo Torroja, los arquitectos de GATEPAC...).

Todos ellos, junto a artistas como los jóvenes Dalí y Miró, o los ya maduros Jacinto Benavente y Juan Ramón Jiménez (ambos premio Nobel de Literatura), Pablo Casals y Manuel de Falla (músicos), Julio González y Pablo Gargallo (escultores) o el universalmente valorado Picasso (Gaudí había muerto en 1926, y no gozó de la proyección internacional que alcanzó posteriormente su obra), volvieron a hacer pensar en Europa si acaso era cierto que el «genio español» había muerto con Goya (único nombre que, desde una óptica chauvinista pero no exenta de base, se reconocía entre el erial científico y la escasa repercusión de las artes españolas del siglo XIX).

La difícil reconciliación de tradición y modernidad que todavía Machado oponía dialécticamente (dejando un penoso retrato de la la España... devota de Frascuelo y de María), parecía haberse conseguido con García Lorca (Concurso de Cante Jondo de Granada, 1922, en colaboración con Manuel de Falla; Romancero Gitano, 1928; Poema del Cante Jondo, 1931; amistad con Ignacio Sánchez Mejías...), quien puso el folclorismo, el flamenco y la tauromaquia43 a la altura que merecen como expresión de cultura popular, empeño entusiasta que compartió con un formidable grupo de jóvenes y maduros que, al mismo tiempo, llevaba a los clásicos a las aldeas en las Misiones Pedagógicas y las giras de La Barraca. Madrid volvió a ser un referente cultural para los intelectuales hispanoamericanos en el periodo que va desde la primera visita de Rubén Darío (1898) a la última estancia de Pablo Neruda (19351937), y César Vallejo pasando por Vicente Huidobro. El intercambio de profesores con las universidades americanas (Julio Rey Pastor) y giras de compañías dramáticas en sus teatros (Margarita Xirgu) se fue haciendo habitual. El año 1929 presenció la celebración simultánea de la Exposición Universal de Barcelona y la Exposición Iberoamericana de Sevilla.

En modo alguno fue un periodo complaciente, pues la conciencia del atraso seguía produciendo críticas, como la durísima película de Luis Buñuel Las Hurdes, tierra sin pan, vinculada a las famosas expediciones de Maurice Legendre y Gregorio Marañón (a la que asistió el rey Alfonso XIII). Otras figuras intelectuales apuestan por implicarse decididamente en el poder para llevar a cabo un programa reformista con la Segunda República (Fernando de los Ríos, Julián Besteiro y destacadamente Manuel Azaña), estrellándose con la realidad de la política y con el distanciamiento de unos (No es eso, no es eso, es el título de un famoso artículo de Ortega y Gasset, anteriormente el alma de los intelectuales de la Agrupación al servicio de la República, y que participó en el Congreso constituyente) y la abierta hostilidad de otros, decididamente opuestos a ese camino (José Antonio Primo de Rivera, Ernesto Giménez Caballero). Las tragedias consecutivas de la Guerra Civil Española, la posguerra y el exilio marcaron una radical ruptura con aquel clima intelectual.

No obstante, el pesaroso panorama favoreció la introspección, y la reflexión sobre el problema de España continuó, se renovó y se enriqueció con aportaciones de los hispanistas, como el citado Legendre, desde una posición cercana al bando vencedor, otros cercanos al perdedor (George Orwell Homenaje a Cataluña, Ernest Hemingway Por quién doblan las campanas, Fiesta) y destacadamente desde 1943 con el Laberinto Español de Gerald Brenan, que eligió las Alpujarras como su residencia.

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