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Hoy, que hemos sabido de su muerte (artículo)

De Ateneo de Córdoba
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Hemos recibido la noticia de su muerte. Se fue hace casi un año. Pero ubicado en Lérida, poco sabíamos de él. Antonio Gómez Romero, el Papi, ha muerto. De las múltiples escenas en que lo recuerdo hay una que permanece con fuerza. Fue en 1977. Un año de innumerables manifestaciones. No recuerdo siquiera a causa de qué fue aquella, sí el lugar: junto a la Iglesia de San Nicolás. Hubo una tangana con la policía, en la que él, cómo no, intervino. A buen seguro recibió posiblemente mucho más de lo que pudo dar; pero lo mucho o poco que se defendió le costó carísimo. Apareció por un momento apresado por la policía. Un compañero, creo que fue Enrique Barbudo, gritó acerca de si íbamos a permitir aquella detención. Hubo un momento de indecisión y el propio Papi negó con la cabeza y los ojos, cuya mirada todavía recuerdo. Seguramente en la convicción de que no debíamos añadir más golpes o detenciones a sus golpes y a su detención. Por entonces trabajábamos el Papi y yo en la obra de la Inmobiliaria Gran Capitán (al Cahue lo habían echado antes), el gran edificio de mármol blanco que hay junto al Corte Inglés. Algún tiempo después de la manifestación me mostró en las escaleras de la cara oeste del edificio el papel que iba a determinar su vida durante muchos años. Tuve un mal presentimiento, y le mentí, le dije que creía que aquello era nada, pero me contestó: “viene por lo militar”.

Aquella obra era un soviet. Todos los miércoles había asamblea para hablar de los temas de la empresa o del movimiento obrero. Logramos importantes aumentos salariales. La comisión representativa, tan ilegal como aceptada, estaba formada por tres miembros del PCE y tres de la OICE. En lo único que fallamos fue en lograr la readmisión directa de Antonio Perea Torres, cuyo despido fue causa de una gran lucha. Se comprometieron a readmitirlo pero nunca lo hicieron.

Antonio Gómez Romero (“Papi”) y Antonio Perea Torres (“Cahue”) eran una pareja formidable de militantes obreros y poetas de albañiles. Tenían ambos, sobre todo Antonio Perea, la férrea costumbre de leer poesías en asambleas de obreros, a veces con muchos cientos de asistentes. Todavía emociona recordar los rostros de aquellos hombres tallados por el trabajo, el tiempo y los elementos, escuchar sin moverse, como niños aplicados, los poemas que “el Cahue” y “el Papi” les leían, en especial, el comentado “Romance de la lucha obrera”. ¡Qué peligrosa gente que aunaba la poesía, la taberna y la lucha por un mundo mejor¡. Antonio Gómez Romero, cuyo recuerdo evocamos en estas palabras, no era un héroe carente de zonas oscuras o ambivalentes: amigo de tabernas y vinos, inveterado mujeriego, algo pendenciero y poseedor de ataques conspirativos dignos de la mejor tradición del populismo ruso o de aquellos anarquistas españoles poco dispuestos a retroceder ante nada.

El resultado de aquel papel que me enseñó en la obra no fue otro que el exilio a Francia (¡tantos exilios¡) y muchos años fuera de España. Lo triste de todo este asunto, lo cual no deja de ser una metáfora de la Transición, es que mientras que a los que apretaron los gatillos en aquel triste 3 de marzo de 1976 en la Iglesia (otra iglesia) de San Francisco de Asís en Vitoria, y a los que los mandaron, no les ha pasado nada o casi nada; por el contrario, a Antonio Gómez Romero un delito de agresión le costó un largo exilio. Esta tremenda disparidad, como tantas otras, nos muestra el precio que se tuvo que pagar para llevar la democracia y la libertad a este país. No se trata ahora de ajustar cuentas. No, no es ese el sentido de estas palabras. Pero sí no olvidar a la gente que, con mucho trabajo y mucho sacrificio, trajo la libertad y la democracia a este país. Ciudadanos como Antonio Gómez Romero, “Papi”, al cual recordamos. Que la tierra te sea leve, compañero.
Artículo de Rafael Morales Ruiz publicado en el Diario Córdoba el 26 de febrero de 2007.

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