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De lírica y verdad

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El Mesto de Las Rosas. Autor: Prudencio Salces. Edita: Ateneo de Córdoba Col. Arca del Ateneo, 1998.

Como entrar en la infancia y en la historia –intrahistoria- es la lectura de este libro, epopeya lírica con todos los ingredientes de la buena poesía. Prudencio Salces (Versos a la deriva, Patrimonio, Contrapuntos al sueño de la vida o Derivadario) da aquí el paso más ancho y alto de su andadura. Tierno, social, íntimo, moderno, perfectamente construido, este Mesto de las Rosas obtuvo el XIII Premio de Poesía Juan Bernier. A modo de anuario, por los títulos de los poemas van pasando, uno a uno, los años desde el nacimiento del autor en 1951, hasta 1996, un año después e la desaparición del Mesto. El mesto, un árbol híbrido de alcornoque y encina que vivió ochocientos años en el llamado pago de Las Rosas, en el término municipal de Montalbán, es objeto y símbolo del poemario, a la vez alegoría histórica, canto y elegía biográfica. Pero, sobre todo, poesía. Poesía para descubrirse, como ha hecho el autor, que ha mojado su pluma en su ser más sincero y más hondo, exprimiendo la sangre, la intimidad terrible de lo auténtico con su propia actividad creadora.

Todo lo que se pueda decir de este poemario, merecedor de mejor fortuna –aunque no sea poca llevar el nombre de Juan Bernier- se me queda pequeño. El autor ha sabido mantener los poemas –todos- en esa difícil hebra que separa la sensibilidad del sentimentalismo. Ahí late la mirada de un gran poeta que recrea una época, paisaje y experiencia tan cotidiana como triste, luminosa y cercana. Voz que arranca sin contemplaciones la implacabilidad de un ambiente rural. El mesto, el mítico árbol abatido, en el centro. Lo telúrico es la llama que lo inunda. Pero de modo que el bisturí manejado lleva música, rebosa ternura por todos sus costados, igualmente acariciador cuando pasa por la madre, “la luz de sus vestidos negros y sus manos” (pg. 25), por la decadencia de la pasión, los emigrantes, la acechante enfermedad, el amor adolescente o la ciudad entrevista.

Sottovoce, en el poemario están la poesía social, el lirismo más “femenino” –por decirlo con el estereotipo más inútil-, la historia de un pueblo, el retrato de una sociedad y el extrañamiento de una voz, un sujeto poético incorporado a la presencia del árbol casi milenario, con todo lo que ello significa para esta sociedad: ecología, denuncia, ética. Compromiso personal, el primero de todo creador, convertida toda la materia en forma, y en forma magistral. Poemas en prosa, con sólo alguna estrofa entreverada, en un lenguaje depurado, ágil, sugeridor, capaz de decir más de lo que escribe. Inscritos por citas más o menos directas, puede sentirse a Bécquer, Miguel Hernández o Juan de la Cruz. En la sintaxis la elipsis juega un papel primordial, así como tenues desplazamientos, o el uso frecuente de la conjunción condicional si, con carácter adversativo, de ponderación o para solventar la elipsis: “su música si errante tan sonora” (pag. 42). Junto a términos cultos se introducen otros del ámbito rural: hornajes, muleros, andurriales, corvejones... sustantivos que encajan sin chirriar, con la ligereza de la pulcritud y la claridad de la armonía. Libro unitario y diverso, transparente en sus múltiples planos de lectura y entrañable de principio a fin. Montalbán, Montical en el libro, tiene aquí su gesta, su mitología, su crónica. Una crónica que, a fuer de personal y localista, se troca en universal como todas las grandes obras. Estoy segura de que este libro, con más o menos alharacas, está llamado a permanecer. Porque en él late el secreto de la humanidad que atraviesa los siglos. Con tradición y estilo. En arte y en verdad.
Juana Castro
Diario Córdoba, 18 de marzo de 1999