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Convocatoria de la Asamblea General Ordinaria y Extraordinaria,
Jueves, 24 de enero a las 18:00 en primera convocatoria y 18:30 en segunda, en la Fundación Caja Rural del Sur, Avenida Ronda de los Tejares, nº 36.

Fallado el VI Premio de Relato Rafael Mir, el ganador ha sido el escritor y profesor cordobés Fernando Molero Campos con la obra titulada: RUISEÑORES DE FUEGO.

FALLADOS LOS PREMIOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA:

Fallo XXXIV Premio de Poesía Juan Bernier
Fallo VI Premio de Relato Rafael Mir
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Juan de Jáuregui

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Juan de Jáuregui y Aguilar (Sevilla, 24 de noviembre de 1583, - Madrid, 11 de enero de 1641), poeta, erudito y pintor español del Siglo de Oro.

Biografía

Sus padres fueron el riojano Miguel Martínez de Jáuregui, señor de Gandul y Marchenilla, caballero veinticuatro de Sevilla y doña Isabel Hurtado de la Sal. El padre de origen hidalgo y de ascendencia vasca (su abuelo Martín de Jáuregui era natural de Vergara, y la madre perteneciente a la oligarquía comercial sevillana).

Es común encontrar a Juan de Jáuregui apellidado como "Martínez de Jáuregui y Hurtado de la Sal" cuando ni él ni ninguna fuente de la época utilizó esos apellidos. El "Martínez" de su padre es un patronímico que indicaba que éste era hijo de Martín, el apellido propiamente dicho era Jáuregui. El apellido de su madre era "de la Sal" (era hija de Lucas de la Sal) pero se antepuso el "Hurtado" por haber heredado una importante patrimonio de un tío suyo apellidado así. Juan de Jáuregui tomó como segundo apellido el "Aguilar" de una de sus abuelas. Esto era algo normal en una época en la que no estaban regulados en España el uso y transmisión de los apellidos, por lo que incluso es relativamente frecuente encontrar en documentos anteriores al siglo XIX a hijos legítimos de los mismos padres que se apellidan de manera diferente. En el caso de Juan de Jáuregui y Aguilar el no usar los apellidos de su madre también se puede explicar por las sospechas de ascendentes conversos en la familia de ésta, como se desprenden de las investigaciones efectuadas en las pruebas de ingreso en la orden de Calatrava de varios miembros de la familia Jáuregui. Por lo tanto es totalmente inexacto y falaz nombrar al personaje como "Juan de Martínez de Jáuregui y Hurtado de la Sal".

Resultó el quinto de diez hermanos, entre los cuales el mayor heredó el señorío de Gandul y Marchenilla y, al igual que su padre, también fue regidor de Sevilla. Sólo se sabe de su juventud por las alusiones que contiene su discurso Arte de la pintura, según el cual hizo varios viajes a Italia y estuvo en Roma, muy probablemente para formarse como pintor. Enemigo de Francisco de Quevedo (hacia 1632, pues Quevedo atacó al sevillano con desprecio en La Perinola) y de Luis de Góngora, mantuvo sin embargo amistad con Miguel de Cervantes, cuyo retrato al parecer pintó y se ha perdido (es una falsificación el que se pretende fue pintado por él). Contrajo unos esponsales forzados el 27-II-1612 con Mariana Loaysa tras vencer algunas dificultades, por las que incluso estuvo preso en 1611 (en ese año compareció ante notario por haber sido denunciado al vicario general de Madrid por incumplimiento de promesa de matrimonio por la querellosa doña Mariana de Loaysa y su madre, Aldonza de Vargas); al fin se celebró la ceremonia religiosa el 18-I-1614. Después participó en diversas justas poéticas (en 1616, y ya en Madrid, en 1620, con motivo de la beatificación de San Isidro, o em la convocada por la Compañía de Jesús en 1622 para conmemorar la canonización de San Francisco Javier); en la mayoría obtuvo premio. Fue nombrado caballerizo de la reina doña Isabel en 1626 y en 1639 obtuvo el hábito de la Orden de Calatrava. Murió en enero de 1641, dejando en la imprenta su traducción, bastante libre, de la Farsalia de Lucano, que sólo vería la luz en 1684. Fue enterrado en la capilla de Nuestra Señora de la Buena Ventura, en el convento de San Basilio.

Como pintor mereció el elogio que figura en el Libro de los retratos del pintor Pacheco, suegro de Velázquez. Vera y Mendoza dice de él:

El Piromirandulano de estos tiempos, don Juan de Jauregui, es el honor de Sevilla, como Virgilio de Mantua, etc.

La Torre Farfán le elogia como pintor situándolo al lado de una gran lista de eminencias del arte:

Los extranjeros Durero, Tiziano y Rubens y acá, dentro de casa, los Jauregui, los Velázquez, los Murillos y los Herreras.

El mismo Francisco Pacheco, anteriormente citado, en su famosa obra El arte de la pintura tiene frases de elogio para Jauregui:

Pues don Iuan de Xauregui, notorio es a todos que con virtuosa emulación a grangeado aventajado lugar.

Sin embargo muy poco se conserva de su obra pictórica: los retratos de Alfonso de Carranza y Ramírez de Prado..., las estampas de la obra del jesuita Luis del Alcázar titulada Investigatio arcanis sensus in Apocalypsi (Amberes, 1619) y algunas interesantes calcografías. Su nombre sonaba asociado con otros pintores de la época como Francisco Pacheco, Céspedes o Mohedano, que eran también escritores y con los cuales colaboró para redactar el Memorial informatorio por los pintores (Madrid, 1629).

Se distinguió en sus obras de preceptiva sobre el culteranismo de Góngora, contra quien publicó el Antídoto contra las Soledades y el Discurso poético contra el hablar culto y estilo obscuro (Madrid, 1624). Se trata de un discurso impersonal y abstracto, muy educado y doctrinal, frente al encono que poseen otros ensayos contra el gongorismo. Pese a todo, los defensores de Góngora le atacaron con un Examen del antídoto o Apología de las Soledades, escrito tal vez por Angulo y Pulgar; sin embargo, Jáuregui era tan moderado en sus críticas que incluso llegó a escribir una defensa del gongorismo cuando defendió a uno de sus seguidores, el muy rebuscado y culto predicador Fray Hortensio Paravicino, retratado por el Greco, en su opúsculo Apología por la verdad (1625); el famoso predicador y poeta había sido objeto de una anónima y durísima censura por un Panegírico en que elogiaba al difunto Felipe III.

En una primera época Jáuregui se muestra como poeta italianizante (al fin y al cabo estuvo en Roma) siguiendo la tradición petrarquista tal y como la había estatuido su contemporáneo y coterráneo Fernando de Herrera, pero termina siendo un poeta culterano y así se muestra en su poema Orfeo (1624), que suscitó algunos comentarios de Lope de Vega y la publicación de un Orfeo en lengua castellana en el mismo año por Juan Pérez de Montalbán. Ese culteranismo subsiste en su traducción de La Farsalia de Lucano en octavas reales. Tradujo también en verso blanco la Aminta de Torcuato Tasso en 1607, versión de la cual dijo Cervantes que era tan perfecta, que no se sabía cuál era la traducción y cuál el original. En sus Rimas incluye también algunas traducciones de Horacio, Marcial y Ausonio.

La principal compilación de sus obras poéticas se publicó con el título de Rimas en Sevilla, 1618; contiene traducciones y poemas profanos y sacros escritos con una gran elegancia y selección formal. De nuevo fue reimpresa por el ilustrado Pedro Estala en su colección de clásicos españoles a fines del siglo XVIII, con un prólogo crítico. Escribió además una sátira dramática no representable, El retraído (1635).

En el prólogo a sus Rimas declara Jáuregui la estructura de su libro y su idea de la poesía:

“Contiene este volumen al principio el Aminta, que ya se imprimió en Italia; siguense luego diversas composiciones humanas, y entre ellas una pequeña muestra de la traducción de Lucano; y a lo último las obras sacras. (...) Bien querría (...) notar con brevedad algunos requisitos de la fina poesía (...) toda obra poética, por pequeña que sea, se compone de tres partes: alma, cuerpo y adornos. Y considérese, primeramente, que el alma es el asunto y bien dispuesto argumento de la obra; y quien errare en esta parte, no le queda esperanza de algún merecimiento. Luego se adviertan las sentencias proporcionadas y conceptos explicadores del asunto, que éstos dan cuerpo, dan miembros y nervios al alma de la composición. Últimamente se note el adorno de las palabras, que visten ese cuerpo con aire y bizarría. En todas tres partes luce con imperio el gallardo natural, esto es, el ingenio propiamente poético, sin cuyo principio no hay para qué intentar los versos. Mas no se entiende que aprovecha a solas, porque es incomparable y forzoso el resplandor que le añaden las buenas letras y capaz conocimiento de las cosas; por cuyo defecto, de ordinario sucede que andan a ciegas y dan de ojos infinitos ingenios poco enseñados.

Para Jáuregui la poesía exige el equilibrio entre los tres factores considerados y grandes conocimientos y experiencias.

Véase también

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