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Lugares comunes

De Ateneo de Córdoba
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Lugares comunes
Título Lugares comunes
Cine Social - 2005
Cine Social - 2005

Ficha técnica
Dirección Adolfo Aristarain

Guión Adolfo Aristarain
Lorenzo F. Aristarain

Fotografía Porfirio Enríquez

Montaje Fernando Pardo

Reparto Federico Luppi
Mercedes Sampietro
Arturo Puig
Carlos Santamaría
Valentina Bassi

Datos y cifras
País(es) Argentina
España
Año 2001
Género Drama
Duración 115 minutos

Compañías
Productora Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales
Distribución Argentina Video Home

Reseña

Lugarescomunes.jpg

Aunque el cine de Adolfo Aristarain tiende a incidir, fundamentalmente, en el drama personal, en el retrato profundo de personajes individualizados con una personalidad bastante acusada, siempre surge en él una veta que trasciende el ámbito personal en que se centra la trama para alcanzar el ámbito de la estampa social, y, allí situado, lanzar sus dardos radiográficos, siempre incisivos, siempre cargados de un sentido crítico intenso hacia un mundo que el autor considera, básicamente, injusto.

No es una excepción, en tal sentido, Lugares comunes, una película que, al socaire de un episodio en la vida de su protagonista (Fernando) que actúa como espoleta de unos cambios profundos en su circunstancia -su jubilación anticipada como profesor universitario, en aplicación de un decreto de crisis, en la Argentina de finales de los 90-, nos ofrece la visión, desesperanzada y amarga, de un país que se descompone, corroido por la corrupción y la pobreza, y que ofrece pocas salidas y alternativas al drama personal, al cúmulo de pequeños dramas personales, que tal situación origina: la de Fernando sólo es una más, un paradigma, un ejemplo significativo, pero sólo eso, ni más, ni menos.

Cuenta el autor para ello con la colaboración, inmensa, de un duo de intérpretes de nivel excepcional: Federico Luppi y Mercedes Sampietro, desde un punto de sus carreras de tremenda madurez, encarnan a unos personajes que, profundamente unidos, han de afrontar, desde la inevitabilidad de la derrota, todo un ritual de supervivencia, del que se hace totalmente imposible salir indemnes: ellos, obviamente, no lo conseguirán, pero, en el camino, habrán dado a todos cuantos les rodean una lección de integridad y honestidad a carta cabal, que, no exento de puntos débiles u oscuros -Aristarain, a estas alturas, no va a caer en la trampa del maniqueismo-, se termina erigiendo en toda una tesis sobre la vida y sus diversos avatares.

En defintiva, son éstas las premisas con las que Aristarain construye una película tremendamente fiel a su estilo y a su concepción de la creación cinematográfica: una imagen clara y sin grandes exhibiciones formalistas, esencialmente "operativa", y una textualidad profusa y densa, rica en matices y contenidos, como soporte básico del mensaje que pretende transmitir. Si Hitchcock renegaba de ese cine que se limita a mostrar a los personajes mientras hablan, Aristarain no tiene problema ni empacho en recoger a ese "niño abandonado" y, acunándolo y mimándolo con todo su cariño (no son incompatibles en su proceso creativo la acidez crítica -sobre las estructuras sociales- con una profunda ternura en la mirada -sobre la persona-), ofrecernos aquello que mejor sabe hacer: un cine de la palabra, un cine en el que lo que se cuenta es mucho más importante que cómo se cuenta. Para golpearnos la conciencia, para recordarnos donde estamos.


Película reproducida en la III Muestra de Cine Internacional del año 2003.

Reseña elaborada por el socio de la Sección de Cine del Ateneo de Córdoba Antonio Jesús Serrano Castro.