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Almorávide

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Imperio almorávide

Se conoce como almorávides (en árabe المرابطون al-Murābitun, sing. مرابط Murābit — es decir: "el morabito", especie de ermitaño musulmán—) a unos monjes-soldados salidos de grupos nómadas provenientes del Sahara. La dinastía almorávide abrazó una interpretación rigorista del Islam y unificó bajo su dominio grandes extensiones en el occidente del mundo musulmán con las que formaron un imperio, a caballo entre los siglos XI y XII, que llegó a extenderse principalmente por las actuales Mauritania, Sahara Occidental de donde provenían, Marruecos y la mitad sur de España y Portugal.

Los Sanhaya

En las tierras del sur correspondientes a los actuales estados de Mauritania y Malí, desde el río Senegal hasta el río Níger, haciendo frontera con el antiguo reino negro de Ghana, se había establecido con sus ganados un pueblo de pastores nómadas bereberes, pertenecientes a los Sanhaya, cuyas tribus principales eran los Lamtuna y los Masufa (otras tribus Sanhayas, éstas sedentarias habitaban los valles próximos al Atlas, como el del río Draa; entre éstas los Lamta y los Gasula).

Después de haber conseguido detener el avance de los pueblos "negros" del sur, gracias a alianzas intertribales, se forjó a instancias de los Lamtuma una "confederación" Sanhaya con el fin de consolidar como capital la ciudad de Audagost (Aoudagost, actual ciudad de "Tegdaouat" (grafía francesa) en el sur de Mauritania y de disponer una amplia zona de pastoreo y controlar las principales rutas de caravanas que cruzaban de norte a sur la región.

La concienciación religiosa

Dinar almoravide de Ali ibn Yusuf. Almeria 1106-1142

Aprovechando el viaje de regreso de peregrinación a La Meca, Yahia Ben Ibrahim Al Gudali de la tribu de los Gudala, jefe de la confederación de los sanhaya, se entrevistó hacia el año 1040 en la ciudad de Kairuán en Ifriqiya (actual Túnez) con el prestigioso alfaquí (fqih: docto en la ley islámica) malequita Abu Imran Al Fasí (originario de la ciudad de Fez) con vistas a elevar el nivel de la conciencia religiosa de su pueblo. Abu Imran propuso para esta tarea a un antiguo alumno suyo, Uaggaq ben Zellu Al Lemtí, de la tribu de los lemta, el cual a su vez recomendó a Abdalá Ben Yasin Al Gazulí, de la tribu de los gzula. Sobre este último recayó el papel de predicador en el seno de las tribus sanhaya.

Los malequitas creían en la Al Muwatta (libro escrito por Malik, el fundador de la doctrina), que entre otras cosas defiende la poliginia, la virginidad prematrimonial, el repudio y el derecho al contrato matrimonial de las hijas.

Esta reforma religiosa se orientará en beneficio del sunismo y del malequismo, de lo que estaba fuertemente convencido el nuevo predicador y guía espiritual Abdalá Ben Yasin, dotado con un excepcional vigor. La doctrina que lanzó no tardaría en tomar color político, con una vuelta a la ortodoxia sunní. En un principio, el poco entusiasmo mostrado por los sanhaya hacia abrazar la "causa" de Ibn Yasin motivó que, tácticamente, éste se retirara a un ribat (similar a un monasterio fortificado) en la isla de Tidra con un puñado de adeptos. Este ribat estaba considerado como un lugar de purificación y de formación del musulmán ejemplar. Esta ejemplaridad se conseguía a base de una férrea disciplina. Esta ejemplaridad, junto con la propaganda hecha por sus adeptos, hizo que la reputación de Abdalá Ben Yasin y su ribat crecieran junto con la cantidad de monjes-soldados que acudían al ribat a depurarse.

Un momento decisivo en la expansión del movimiento fue la adhesión de Yahia Ben Omar, jefe de la poderosa tribu de los lamtuna (Tifawat, lemtuna o lemtana significa hombres con velo). Los hombres tenían la costumbre de llevar velo, que nunca se quitarían bajo condena de ser menospreciados por sus amigos y parientes; este velo era una especie de "fota" similar a la que portan los tuaregs (de hecho, los actuales tuaregs son descendientes de aquellas tribus), con todos los suyos. Yahia Ben Omar se impondrá como jefe militar, en tanto que Abdalá Ben Yasin continuará como guía espiritual.

Factores que favorecieron el movimiento almorávide

Los principales factores que favorecieron el movimiento almorávide fueron:

  1. 1. La solidaridad tribal y la reforma religiosa.
  2. 2. El factor económico. Las vastas extensiones de tierra donde pastaban los rebaños de los sanhaya, presentaban un interés de primer orden: el control de las caravanas cargadas con toda clase de mercancías (principalmente, oro y sal) que tenían como destino el norte de África y Al-Ándalus. Los mesufa controlarían el eje Teghaza-Audagost-Siyilmasa; los lemta el itinerario costero desde la desembocadura del río Senegal hasta la región del río Noul; los gudala controlarían una mina de sal situada en el suroeste de la costa atlántica; y los lemtuna controlarían el valle del Drá y el eje Augagost-Sus dirección Siyilmasa.
  3. 3. Fragmentación del mundo musulmán. En Ifriqiya (actual Túnez), tiene lugar la invasión hilaliana, la caída de Kariuan (1053) con intentos de prosperar hacia el oeste. En el Magreb occidental (actual Marruecos), los barghawata dominan las llanuras atlánticas, los idrísida conservan las ciudades de Tamdoilit, Igli y Massa con intenciones de tomar Ceuta a los Omeyas de Córdoba; los Magrava y sus primos, los Beni Ifren (Yafran), controlan Salé, Tlemecen, Tadla y Fezzaz; la taifa zeneta de Chellah controlaba desde Fez a Siyilmassa. Al-Andalus se encontraba fraccionado en una multitud de reinos de Taifas.

Desembarco en la península Ibérica

Alfonso VI (1040-1109) toma Toledo el 25 de mayo de 1085, alarmando a los andalusíes que ven peligrar su futuro, lo cual les fuerza a tomar la decisión, no sin grandes reparos, de llamar en auxilio a los curtidos guerreros almorávides, facción que predicaba el cumplimiento ortodoxo del islam, al mando de su jefe Yusuf ibn Tasufin. Este era un austero derviche que se vestía con piel de oveja y se alimentaba frugalmente con dátiles y leche de cabra como los legendarios fundadores del Islam.

El rey de la taifa de Sevilla Al-Mu'tamid le pidió ayuda en estos términos:

Él (Alfonso VI) ha venido pidiéndonos púlpitos, minaretes, mihrabs y mezquitas para levantar en ellas cruces y que sean regidos por sus monjes [...] Dios os ha concedido un reino en premio a vuestra Guerra Santa y a la defensa de Sus derechos, por vuestra labor [...] y ahora contáis con muchos soldados de Dios que, luchando, ganarán en vida el paraíso. (Citado por al-Tud, Banu Abbad, de Ibn al-Jakib, al-Hulal, pág. 29-30).

Yusuf viene con su ejército y se encuentra con una tierra fértil y próspera; también observa el relajamiento de los preceptos doctrinales del Islam y la gran tolerancia con los judíos y cristianos. Esto le provoca la determinación de apoderarse de esos reinos, alentado por la división entre las distintas taifas.

El periodo almorávide en al-Ándalus

Los almorávides derrotan a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas en 1086, pero no aprovecharon la victoria puesto que recién obtenida, el emir Yusuf ibn Tasufin vuelve al norte de África debido a que su hijo acababa de morir. Sin embargo los almorávides vuelven a cruzar el estrecho de Gibraltar y a partir de 1090 se fueron apoderando de los reinos de taifas. El verano de ese año Yusuf se dirige a Toledo con objeto de recuperarla pero el rey de León, con la ayuda de un ejército de Aragón, rechazan al ejército almorávide que, cambiando sus planes, conquista en septiembre de 1090 Granada. Una vez conquistada, Yusuf vuelve al Magreb dejando en la Península Ibérica a su primo Sir ibn Abu Bakr con el mandato de reducir el resto de las taifas de al-Ándalus. Antes de acabar ese año, el adalid almorávide toma Tarifa y en la primavera de 1091 ataca la importante Taifa de Sevilla. En verano ya habían sucumbido al poder norteafricano Córdoba y Carmona, y en septiembre, rinden Sevilla. Seguidamente son sometidas las Taifa de Jaén, Murcia y Denia, con lo que solo escapaban de los sanhaya las grandes taifas de Badajoz y Zaragoza y la insular de Mallorca.

Mientras tanto, el Cid dominaba el levante, y el 17 de junio de 1094 conquistaba Valencia creando en ella un principado y rechazando por dos veces a los almorávides, la primera cuando acudieron a reconquistarla en otoño de ese mismo año en la batalla de Bairén con la colaboración de Pedro I de Aragón, y en un segundo intento en 1097 por parte del propio emperador Yusuf ibn Tasufin. De todos modos, un hijo de Yusuf ibn Tasufin, Muhammad ibn Aisa, retoma la plaza de Aledo en 1092, cerca de Murcia, que había constituido una fortaleza cristiana avanzada en tierra musulmana desde 1085 y los almorávides habían intentado recuperar, sin éxito, en 1088. A continuación, Muhammad ibn Aisa ocupa Játiva y Alcira, situándose a escasos treinta y cinco kilómetros de Valencia. En 1093 Sir ibn Abu Bakr ataca a Al-Mutawakkil de Badajoz y conspira contra él, propiciando su caída: tras hacer prisionero al rey pacense y sus hijos, los hace ejecutar cuando se dirigía a Sevilla. Con la Taifa de Badajoz cayó también Lisboa, que el conde Raimundo de Borgoña, esposo de la princesa Urraca, fue incapaz de defender.

Tras la muerte del Cid en 1099 el principado de Valencia pasa a ser gobernado por su esposa viuda Jimena, pero en 1102 Alfonso VI decide que no puede mantenerse la ciudad y la evacúa, abandonándola al poder almorávide, no sin antes incendiarla. Pero en 1106 Yusuf ibn Tasufin debía hallarse débil, pues moría el 2 de septiembre de ese mismo año, sucediéndole su hijo Ali ibn Yusuf.

En 1109 la independencia de Zaragoza estaba seriamente en peligro ante el poder bereber. Esta taifa se había mantenido independiente gracias, en parte, a las buenas relaciones que Al-Musta'in II de Zaragoza mantuvo con el emir Yusuf ibn Tasufin. Así, en 1093 o 1094, el rey de Saraqusta envió a su propio hijo con generosos regalos al emperador almorávide, y en 1103 (año en que también caía la Taifa de Albarracín en poder almorávide), cuando Yusuf buscaba por la Península el reconocimiento de su hijo Ali como heredero al trono, de nuevo fue enviado el hijo del rey zaragozano a Córdoba como embajador de buena voluntad. De ese modo, Zaragoza mantuvo su independencia hasta 1110, año en que finalmente caería bajo el poder almorávide.

A partir de la conquista de Valencia en 1102 comienza la hegemonía almorávide en España. Ali ibn Yusuf ataca en 1108 la fortaleza de Uclés, defendido por un ejército encabezado por Sancho Alfónsez, el heredero de Alfonso VI de Castilla, y dos de sus mejores capitanes: Álvar Fáñez y García Ordóñez. La batalla de Uclés terminó con derrota cristiana y, sobre todo, con la muerte del infante de León. Al año siguiente el emir almorávide intentó aprovechar esta victoria hostigando Talavera con el fin de preparar la conquista de Toledo, bastión que seguirá conteniendo el avance de los sanaya.

Únicamente quedaba en poder de los taifas andalusíes la Taifa de Mallorca, debido a su situación isleña y el poderío de su flota, que saqueaba constantemente las costas de Barcelona. Contra ella fue enviada en 1114 una expedición de cruzada contra las Baleares con la ayuda de la flota de Pisa. Ramón Berenguer III comandó la expedición que se prolongó casi todo el año. Sin embargo el auxilio almorávide llegó al fin y las islas pasaron a formar parte del Imperio almorávide, ante la retirada barcelonesa. El año 1116 sucumbía la última de las taifas de al Ándalus.

Tras culminar la máxima expansión, el Imperio almorávide recibió el influjo de la cultura andalusí, cuyas creaciones artísticas asimilaron. La nueva capital Marraquech, fundación de este movimiento, comenzó a embellecerse con el emirato de Ali recogiendo las formas de la cultura del arte taifa. Del arte almorávide quedan pocos ejemplos (y solo de arquitectura militar en la Península Ibérica), como la Qubbat Barudiyin de Marraquech. También asimilaron la cultura escrita: matemáticos, filósofos y poetas se acogieron a la protección de los gobernadores almorávides. Sus costumbres fueron relajándose, a pesar de que, por regla general, impusieron una observación de los preceptos religiosos del islam mucho más rigurosa que lo que era habitual en los primeros reinos de taifas. Se vetó al místico Al-Gazali, pero hubo excepciones y en la Zaragoza de Ibn Tifilwit el pensador heterodoxo Avempace llegó a ocupar el cargo de visir entre 1115 y 1117. Siguiendo la ley islámica, los almorávides suprimieron los ilegales pagos de parias, no contemplados en el Corán. Unificaron la moneda, generalizando el dinar de oro de 4,20 gr como moneda de referencia, y creando moneda fraccionaria, que escaseaba en al-Ándalus. Estimularon el comercio y reformaron la administración, otorgando amplios poderes a las austeras autoridades religiosas, que promulgaron diversas fatwas, algunas de las cuales perjudicaban gravemente a judíos y, sobre todo, mozárabes, que fueron perseguidos en este periodo y presionados para su conversión al Islam. Se sabe que la importante comunidad hebrea de Lucena tuvo que desembolsar importantes cantidades de dinero para evitar su conversión forzosa.

Otro grupo muy numeroso, los mozárabes de Granada, perdieron sus iglesias y sus obispos. El descontento fue creciendo hasta el punto de que en 1124 llamaron en su auxilio a Alfonso I de Aragón, que acababa de conseguir una importante victoria sobre los almorávides tomando la importante ciudad de Zaragoza en 1118. La comunidad cristiana granadina prometió al Batallador rebelarse contra los gobernadores de la capital y franquearle las puertas de la ciudad para que este la conquistara. Así, Alfonso I de Aragón emprendió una incursión militar por Andalucía que, aunque no le llevó a conquistar Granada, sí puso en evidencia la debilidad militar almorávide para esas fechas, pues les venció en campo abierto en la batalla de Arnisol, saqueó a su placer las fértiles campiñas andaluzas desde Granada hasta Córdoba y Málaga, y rescató a un nutrido contingente de mozárabes para, con ellos, repoblar las recién conquistadas tierras del Valle del Ebro. Esta campaña prolongada por casi un año hasta junio de 1126 mostraba la decadencia del Imperio almorávide. Por esos mismos años, los almohades comenzaban a hostigar a los almorávides en el corazón de África occidental.

Fin del imperio almorávide

Hacia 1125 un nuevo poder estaba surgiendo en el Magreb, el de los almohades, surgidos de la tribu de los zenatas, que lograron con un nuevo espíritu de aplicación rigurosa de la ley islámica, ya relajadas ya las costumbres de los almorávides en gran medida debido al contacto con la decadente cultura andalusí, imponerse al poderío almorávide tras la caída de su capital Marrakech en 1147.

Tras la campaña del rey de Aragón, los mozárabes andalusíes fueron represaliados y, en su mayoría (temiendo nuevas rebeliones internas) deportados al norte de África, recalando fundamentalmente en Fez. Se trataba de una población con un alto nivel de desarrollo cultural, que empobreció al-Ándalus y le privó parte de su mano de obra cualificada. Son años en que comienza un auge de los poblamientos en ribats, o monasterios islámicos, que habían jugado un papel fundamental en el origen del movimiento almorávide, y que proliferan ahora en al-Ándalus. Los impuestos que pagaban las minorías étnicas (mozárabes, judíos) disminuyeron con el exilio y la emigración de estos a tierras más acogedoras, con lo que se hizo necesario aumentar las tasas infringiendo la ley coránica. Comenzó una crisis económica reflejada en la devaluación del dinar de oro, que pasó a tener un peso de 3,85 g .

Simultáneamente, el empuje bélico de los almohades comienza a imponerse en África en la década de 1130, lo que obligó a los almorávides a disminuir las fuerzas militares de la Península, que tuvieron que reducir a guarniciones en los principales distritos andalusíes, para poder contrarrestar la guerra declarada contra la nueva corriente integrista. Todo ello propició la insurgencia en al-Ándalus en los años 1140, en el momento en que los almohades conquistan la gran ciudad de caravanas de Sigilmasa en el Magreb, cruce de rutas comerciales y punto clave en la ruta del oro que procedía del África subsahariana.

El golpe de gracia fue la sublevación del distrito de Mértola en 1144, donde se impuso como rey el místico Ibn Qasi, dando lugar al periodo de los segundos reinos de taifas. Cuando este régulo fue derrocado, solicitó el socorro de la nueva fuerza emergente: los almohades que, repitiendo el ciclo, fueron adueñándose progresivamente desde el Algarve de todo al-Ándalus, desalojando a la administración almorávide y trasladando la capital de Granada (que lo fue del imperio almorávide en al-Ándalus entre 1190 y 1148) a Sevilla, que será la nueva capital almohade andalusí desde ese último año y en ella se erigirán importantes monumentos arquitectónicos que se han conservado hasta la actualidad, como la Giralda o la Torre del Oro, que continuaban la tradición artística andalusí taifal y almorávide. Entre tanto, Alfonso VII, aprovechaba la confusión reinante para conquistar el resguardado y próspero puerto y ciudad de Almería, éxito que fue celebrado en el poema homónimo recogido en la Cronica Adefonsi Imperatoris, que incluía un testimonio de que los hechos del Cid habían ya obtenido gran fama entre la población.

Con la caída de la capital Marraquech a manos de los almohades en 1147, el Imperio almorávide cede su lugar al nuevo poder rigorista, que impondrá su hegemonía en el Magreb y al-Ándalus hasta la derrota de las Navas de Tolosa en 1212.


Emires almorávides

Véase también

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