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Antonio Grau Dauset

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El cantaor Antonio Grau Dauset, hijo de el Rojo El Alpargatero, nació en 1885 en Málaga. Meses después se trasladaría a La Unión (Murcia), con su familia, donde su padre abriría un café-cantante. En la ciudad minera permaneció hasta los 21 años. Allí conoció a Don Antonio Chacón y asistió a la configuración definitiva de los cantes mineros de la mano de su padre, Chilares, El Pajarito, etcétera.

Marchó a Madrid con la intención de estudiar la carrera de letras. En la capital conoció al cantaor sevillano Manuel Escacena, Niño de Escacena, al que transmitió sus conocimientos sobre los palos mineros. Antonio Grau tiene ocasión de reencontrarse con el cante y dar los primeros pasos como profesional de este arte. Precisamente, en 1907, en una de aquellas reuniones en Fornos a las que asistía le escuchó un aristócrata aficionado que, entusiasmado por sus cualidades artísticas, le proporcionó la oportunidad de grabar su primera placa en París, en la casa Pathé.

En 1909 Antonio Grau Dauset marcha a París y la relación Grau-Escacena acaba. El hijo del Rojo seguiría cantando los cantes de La Unión y Cartagena, cantes que él continuó matizando y reelaborando. Afortunadamente, hoy se conservan algunos de sus cantes, gracias a las grabaciones que hizo en la década de los veinte. Están sus mineras hechas con facultades, con fuertes tirones hacia arriba, pero poco definidas, con pocos matices y de escaso mérito artístico, que nos recuerdan especialmente en los primeros y en sus dos últimos tercios la melodía de La Gabriela. Grau grabó otras tarantas de menor calidad incluso que éstas. El hijo del Rojo dejó registrada también la taranta cartagenera Si vas a San Antolín.

Completan la discografía del hijo del Rojo fandangos, tientos, granaínas, carceleras, polos, malagueñas con acompañamiento de orquesta, unos pregones que solía escenificar cantando aquello de

Yo soy la vendedora
que en el Imperio
compro y vendo a las moras
del cautiverio

y que le valieron el apelativo cariñoso de chiquillo moro y también malagueñas con un cierto aire levantino como

Tormento...
olvidarte no pué ser,
vivir contigo es tormento;
es tan grande mi querer
¡ay! que me sirve de alimento
mi continuo padecer.

En París Antonio Grau, nos cuenta José Blas Vega, aprende los secretos del transformismo, llegando incluso a superar en rapidez a su maestro el famoso Frégoli, tenido, como se sabe, por el rey de este arte escénico, hoy casi en desuso. Formó luego el dúo Los Mignon, recorriendo toda Europa con sus transformaciones, bailes y cantes españoles. Alcanzó un éxito clamoroso en la Rusia del Zar, donde gozó de la admiración de Rasputín. Con motivo de la revolución tuvo que huir hacia Siberia, siguiendo a China y por fin a Japón, Filipinas y Estados Unidos. De nuevo en España, compuso canciones y música ligera y terminó dedicándose a la enseñanza como director del Colegio Santo Domingo de Guzmán, en Madrid.

En 1952 Antonio Grau viaja a Cartagena para asistir a la Semana Santa, y allí tiene lugar otro encuentro afortunado: conoce a Antonio Piñana. Se inicia una amistad entre ambos y el trasvase de la herencia de el Rojo El Alpargatero. A partir de entonces el Rojo hijo se vincula al nacimiento del Festival del Cante de las Minas hasta su fallecimiento en 1968 en Madrid. Se le atribuye una tarantilla.

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