Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

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Francisco Ruiz Noguera

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Francisco Ruiz Noguera (Frigiliana, Málaga, 1951). Profesor de Lingüística en la Universidad de Málaga. Fundador y director de las revistas El Laberinto de Zinc y Robador de Europa. Sus cinco primeros libros (Campo de pluma, La manzana de Tántalo, La luz grabada, Simulacro de fuego, Arte de restaurar) están recogidos en Campo de pluma (Poesía reunida), ed. y estudio de A. García Berrio, Málaga, Ciudad del Paraíso, 1997; con posterioridad ha publicado El año de los ceros, Madrid, Visor, 2002; El oro de los sueños, Madrid, Hiperión, 2002; Memoria (Antología), intr. de Vicente Luis Mora, Málaga, Monosabio, 2004; Materia griega, Córdoba, Cuadernos de Sandua, 2005. Ha obtenido la Beca a la Creación Literaria del Ministerio de Cultura (1989) y los Premios de Poesía Ricardo Molina (1989) y Antonio Machado (2002); en 2003 fue finalista del Premio Nacional de Poesía. Ha publicado numerosos trabajos sobre poesía contemporánea y poesía medieval española, entre ellos: Antología de la poesía española contemporánea, Ottawa/New York, Legas, 1991; Antología de la poesía medieval española, Málaga, Ágora, 1995; Frontera Sur (Antología de jóvenes poetas malagueños), Málaga, Puerta del Mar, 2007; y ediciones de la obra de Domenchina, Muñoz Rojas, García Baena, Alfonso Canales, Manuel Alcántara, Vicente Núñez, María Victoria Atencia, Pérez Estrada, José Infante.

Poética

Tres pilares —evocación, sugerencia, ritmo— levantados sobre los cimientos de la mirada, la memoria y el lenguaje. Todo es del dominio de la memoria y del ejercicio del recuerdo; del material que en ella se almacena se nutre esa celebración, narración o elegía que es, en definitiva, el poema; y es el ejercicio del recuerdo —buceo en la memoria con las armas del lenguaje— el que levanta la arquitectura del texto. Recordar es volver a mirar: así también la escritura, nueva mirada que se orienta, ahora, con una luz distinta —interior e interesada— a la de aquella otra que orientó la percepción primera. Tengo especial predilección por las miradas que se apropian del entorno y descubren en él lo que la apariencia oculta: siempre el juego de la sugerencia sobre el de la declaración explícita y plana. Se trata de embarcarse en una búsqueda con “aspiración constante de algo nuevo” (Juan Ramón Jiménez). Algunos tripulantes para llegar a buen puerto: Heidegger (la poesía, nueva “fundación del ser”), Rilke (“Sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida. Intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde”), Mallarmé (“El poema no se compone con ideas, sino con palabras”), Valéry (“La poesía es un arte del lenguaje”), Cirlot (“La única dificultad verdadera de un poeta es el hallazgo de su propio lenguaje”), Stevens (“Todo poema es un poema dentro de un poema: el poema de la idea dentro del poema de las palabras”), Lezama: “Cuando me siento claro, escribo prosa; y cuando me siento oscuro, escribo poesía”), Juarroz (“El sentido que tiene la poesía es darle voz al sentido oculto”), Bachelard (“En los poemas se manifiestan fuerzas que no pasan por los circuitos de un saber”), Machado (“Palabra en el tiempo”), Gil de Biedma (“En mi poesía sólo hay dos temas: el tiempo y yo”). Y siempre: la arquitectura verbal de Góngora, la altura transparente de San Juan de la Cruz y la acidez brillante de Quevedo.

Fuente