Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

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CAC36 CANAL ATENEO DE CÓRDOBA.
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así como los actos, representaciones teatrales, recitales de poesía y conferencias de nuestra hemeroteca.
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"Los Miércoles del Ateneo": Entrevista de Elena Cobos a la poeta y ateneísta Pilar Sanabria
"La visita", obra de teatro de Antonio Varo Baena
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Sublevación de Jaca

De Ateneo de Córdoba
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Tras la dimisión el 29 de enero de 1930 de Miguel Primo de Rivera, el rey Alfonso XIII nombra jefe de gobierno al general Dámaso Berenguer, jefe de su Casa Militar.

El 30 de enero, juran su cargo los componentes del nuevo gobierno en el que, además de la jefatura, Berenguer asume también la cartera de Guerra.

Las esperanzas puestas en este gobierno, para la vuelta a la normalidad constitucional, se desmoronan entre los partidarios de la República e incluso en los grupos monárquicos que fueron marginados por la dictadura. Éstos pretenden una amplia revisión de la legislación emanada de la misma, así como la reposición en sus cargos de diputados, concejales y catedráticos cesados por ella.

Con objeto de tranquilizar los ánimos, Berenguer afirma que el nuevo gobierno quiere la pacificación del país y la vuelta a la normalidad constitucional, prometiendo, entre otras cosas, la convocatoria de elecciones generales.

Como primeras medidas concede una amnistía a los condenados por los delitos de rebelión, sedición común o militar y otros delitos de carácter político. Asimismo, enterado de los proyectos de una sublevación militar, llama a su lado al general Manuel Goded, uno de los conspiradores más activos contra la dictadura de Primo de Rivera, al que supone implicado en estos preparativos, y le hace convencer a los militares más exaltados de sus buenas intenciones.

En este sentido, se permite la vuelta a la escala activa a los militares del arma de Artillería que en su día fueron separados del servicio por acuerdos del gobierno dictatorial. No obstante, se excluye expresamente de la misma a los generales Miguel Cabanellas, Queipo de Llano, López Ochoa, Riquelme y La Cerda. Aunque el movimiento queda aplazado, la exclusión de estos militares de la amnistía no va a contribuir a la calma. Berenguer no cumple sus promesas, radicalizando la actitud tanto de civiles como de militares republicanos .

El 17 de agosto se reúnen en San Sebastián Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura con los representantes de diversos grupos políticos, constitucionalistas y republicanos contrarios al Gobierno Berenguer y la Monarquía, reunión que será conocida como Pacto de San Sebastián, en la que se acuerdan una serie de medidas tendentes a la instauración de una república parlamentaria.

De esta reunión sale el compromiso de formar el llamado Comité Revolucionario Nacional, que llegado el momento, de acuerdo con una serie de militares adeptos, promovería un pronunciamiento para el derrocamiento de la Monarquía y posterior formación del Gobierno republicano.

En el mes de diciembre de 1930 el levantamiento se considera inminente. Por fin, el Comité Revolucionario, después de varias demoras, acuerda la fecha del lunes 15 de diciembre para el mismo. La dirección de la sublevación en Jaca corresponde a Fermín Galán, capitán del regimiento de Infantería Galicia número 19, aunque también cuenta con la colaboración de los capitanes Ángel García Hernández, al mando de la compañía de ametralladoras del mismo regimiento al que pertenece Galán, Salvador Sediles y Miguel Gallo Martínez del Batallón de Cazadores de Montaña La Palma número 8, Luis Salinas, del arma de Artillería y en situación de disponible forzoso, así como la de diversos oficiales y un cierto número de civiles.

Durante el otoño Galán, junto con los oficiales comprometidos y los paisanos que le han prometido su apoyo, tratan de organizar todos los detalles de la sublevación planeada. Por la indiscreción de algunos comprometidos, el general Emilio Mola, a la sazón Director General de Seguridad, que conoce a Galán de los años de la Guerra de África, llega a tener conocimiento de que el capitán del regimiento Galicia trama algo, por lo que, en atención a la relativa amistad que le une con él, envía, el 27 de noviembre, una carta a Galán cuyo texto dice:

Madrid, 27 de noviembre de 1930
Señor don Fermín Galán – JACA
Mi distinguido capitán y amigo:
Sin otros títulos para dirigirme a usted que el de compañero y el de la amistad que me ofreció en agradecimiento por mi intervención en el violento incidente de Cudia Mahafora, le escribo. Sabe el Gobierno y sé yo sus actividades revolucionarias y sus propósitos de sublevarse con tropas de esa guarnición: el asunto es grave y puede acarrearle daños irreparables. El actual Gobierno no ha asaltado el poder, y a ninguno de sus miembros puede echársele en cara haber tomado parte en movimientos de rebelión: tienen, pues, las manos libres para dejar que se aplique el Código de Justicia Militar inflexiblemente, sin remordimiento de haber sido ellos tratados con menor rigor. Eso, por un lado; por otro, recuerde que nosotros no nos debemos ni a una ni a otra forma de gobierno, sino a la Patria, y que los hombres y armas que la Nación nos ha confiado no debemos emplearlos más que en su defensa. Le ruego medite sobre lo que le digo, y, al resolver, no se deje guiar por un apasionamiento pasajero, sino por lo que le dicte su conciencia. Si hace algún viaje a Madrid, le agradecería tuviera la bondad de verme. No es el precio a la defensa que de usted hice ante el general Serrano, ni menos una orden; es simplemente el deseo de su buen amigo que le aprecia de veras y le abraza.
Emilio Mola

Los continuos aplazamientos para fijar la fecha de la sublevación, hacen que las relaciones entre Galán y el Comité Revolucionario empiecen a deteriorarse. A esto se une el hecho de que Galán ha llegado a saber, por la carta de Mola, que el Gobierno algo conoce acerca de sus planes. Galán se impacienta, y temeroso, además, de que las nieves invernales cierren los puertos imposibilitando el movimiento de tropas, decide sublevar la guarnición el viernes día 12. Ante la imposibilidad de convencer a Galán para que acepte una nueva moratoria, el Comité revolucionario dispone que en la madrugada del día 12 viajen a Jaca, desde Madrid, Casares Quiroga y otros dos delegados del Comité Revolucionario que, según su posterior testimonio, “llegados a una hora intempestiva, duermen sin haber hablado con Galán”.

Los acontecimientos se precipitan y al alba, la guarnición de Jaca se alza contra el Gobierno constituido, toma la ciudad tras haber apresado a los mandos militares desafectos, y proclama la República, publicando Galán un bando que manda fijar en las calles de Jaca y que dice:

Como Delegado del Comité Revolucionario Nacional, a todos los habitantes de esta Ciudad y Demarcación hago saber:
Artículo único: Aquel que se oponga de palabra o por escrito, que conspire o haga armas contra la República naciente será fusilado sin formación de causa.
Dado en Jaca a 12 de Diciembre de 1930.
Fermín Galán.

Los sublevados y el grupo de paisanos que se les había unido preparan la marcha sobre Ayerbe, con el objetivo de seguir hacia Huesca. Marcharán en dos columnas, una por carretera, al mando de Galán, y otra, mandada por el capitán Sediles, por ferrocarril. No obstante, la desorganización e imprevisión de los sublevados -que tardan más de ocho horas en requisar los camiones que habrán de transportar a la columna de Galán por carretera, producen una excesiva demora en la salida de Jaca (más de nueve horas sobre la hora prevista). El lamentable estado de muchos de los vehículos requisados convierte la marcha de la columna de Galán en una lenta y azarosa peripecia con continuas averías y paradas. La lentitud de la marcha, el frío y el hambre pronto harán cundir el desánimo entre la tropa.

El Gobierno, enterado de lo que sucede en Jaca por la alarma enviada por una empleada del servicio de Telégrafos -cuya línea han cortado incompletamente los sublevados-, decide actuar con la mayor premura y cursa órdenes para que desde la Capitanía General de la V Región Militar, en Zaragoza, se organice la contraofensiva. El capitán general de la V Región Militar, general Fernández Heredia, ordena que dos columnas, una desde Huesca y otra desde Zaragoza, salgan para impedir la entrada de los sublevados en Huesca, las cuales al atardecer del día 12 se reúnen con la artillería en las lomas de Cillas, a 3 km de Huesca. Al mando de esta fuerza está el general Dolla. Asimismo se cursan órdenes para cortar el ferrocarril a la entrada de Riglos para impedir el avance de los rebeldes, lo que obliga a la columna mandada por Sediles, que partió en tren desde Jaca, a continuar a pie hasta Ayerbe, en donde la columna de Galán les espera con cierto nerviosismo.

Cuando llegan a orillas del río Gállego, cerca de la localidad de Anzánigo tiene lugar un encuentro con fuerzas de la Guardia Civil, mandadas por el general Lasheras, gobernador militar de Huesca, que resulta herido en el intento de detener a los sublevados, falleciendo días después a consecuencia de las heridas.

Sobre las 23 horas, la columna de Galán alcanza la localidad de Ayerbe, donde toman posiciones de defensa, proclaman la República y son invitados a una frugal cena, compuesta de pan y embutido, en el Centro Obrero Republicano, mientras esperan la llegada de la columna de Sediles que viene a pie desde Riglos. Galán se ve obligado a modificar los planes iniciales, pues habrán de continuar todos por carretera, con las previsibles dificultades que esta circunstancia añadirá debido al escaso número de vehículos con que cuentan y a su lamentable estado.

De madrugada, abandonan Ayerbe y se dirigen hacia Huesca, pero en los alrededores del santuario de Cillas, a unos 3 km de Huesca, se produce el encuentro con el grueso de las tropas del Gobierno. Tras un infructuoso intento, por parte de los capitanes García Hernández y Salinas, de atraerse a los oficiales de las tropas gubernamentales, se produce un tiroteo y ambos capitanes son detenidos. El general Dolla ordena a la artillería abrir fuego sobre la columna rebelde, que responde con fuego de ametralladoras y fusilería. Galán ordena de inmediato a sus hombres el alto el fuego, mientras las fuerzas gubernamentales continúan disparando sobre ellos. El fuego enemigo causa numerosas bajas a los rebeldes que, presa del pánico, comienzan a huir en desbandada ante el desconcierto de Galán que, sin saber qué hacer, permanece inmóvil y sin dar ninguna orden a sus oficiales. Por fin los oficiales de Galán deciden emprender, también, la huida, en tanto que Galán se niega a escapar. No obstante, sus compañeros lo suben a la fuerza en uno de los vehículos que emprende la marcha en dirección a Ayerbe.

Apenas pasados dos kilómetros de Ayerbe, Galán reacciona y ordena al conductor que detenga el coche junto a un cruce de carretera, desde el que se dirige a pie, junto con otros dos oficiales que han decidido acompañarle, al pueblo cercano de Biscarrués, donde se entrega al alcalde y le solicita avise a la Guardia Civil para que acuda a detenerlo. Galán, en compañía de los otros dos oficiales, es conducido al Gobierno Militar de Huesca, donde pocas horas después, en la madrugada del doce al trece de diciembre, son juzgados por un Consejo de guerra sumarísimo, presidido por el general Arturo Lezcano. El Consejo apenas dura 40 minutos. Los oficiales procesados mantienen durante todo el proceso una actitud digna y valiente. Galán asume ante el Consejo de guerra toda la responsabilidad de lo sucedido, por lo que solicita sean absueltos de los cargos todos los oficiales que le han secundado. A pesar de los intentos de Galán por salvar a sus compañeros, el Consejo dicta senctencia condenando a muerte a Galán y al capitán García Hernández, que ha sido conducido hasta Huesca por las tropas de Dolla, y condenando a cadena perpetua al resto de sus compañeros. Ese mismo día, a las 14 horas, a pesar de ser domingo y ser tradición no ejecutar condenas de muerte en ese día de la semana, los condenados son fusilados en el polvorín de Fornillos, en Huesca; Galán, que ha declinado el ofrecimiento del auxilio espiritual de un sacerdote para administrarle confesión -ofrecimiento que sí acepta el capitán García Hernández- da la orden de fuego al pelotón de ejecución y se desploma con un grito de ¡Viva la República!.

En la mañana de este mismo día, el Comité Revolucionario, que se había declarado responsable de la sublevación el sábado 13, es detenido, ingresando en la cárcel Modelo de Madrid aquellos que habían sido nombrados ministros, para hacerse cargo del gobierno del Estado en el caso de triunfo del pronunciamiento.

Las ejecuciones de los capitanes Galán y García Hernández causan gran conmoción en todo el país, despertando un sentimiento antimonárquico que se extiende como la pólvora por toda la geografía. Los ejecutados se convierten, así, en los mártires de la causa republicana, lo que precipitará el curso de los acontecimientos con la llegada, cuatro meses después, de la II República.

Durante toda la II República los retratos de Galán y de García Hernández se convertirán en las imágenes de Los mártires de la república.

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