Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

PRÓXIMOS ACTOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA
Desde las 18:00 horas del lunes 2 de noviembre ha comenzado a emitir el Canal del Ateneo de Córdoba en Youtube

CAC36 CANAL ATENEO DE CÓRDOBA.
Desde aquí haremos llegar las actividades que se realicen en el Ateneo
así como los actos, representaciones teatrales, recitales de poesía y conferencias de nuestra hemeroteca.
El canal está disponible en este enlace

Actividades ya disponibles en el canal:
Presentación del Canal por parte de Antonio Varo Baena, Presidente del Ateneo de Córdoba
"Foro Jaime Loring de debate y conocimiento”, conferencia del ateneísta Rafael Jiménez, “AREAS DE MONTAÑA Y DESPOBLACIÓN”.
Lectura poética del ateneísta Antonio Flores Herrera.
Entrevista realizada a la ateneísta de honor Carmen Galán Soldevilla
Recital de poesía: Participan Balbina Prior, Ángela Mallén, y Joanna Mojón.
"Los Miércoles del Ateneo": Entrevista de Elena Cobos a la poeta y ateneísta Pilar Sanabria
"La visita", obra de teatro de Antonio Varo Baena
Entrega de las Fiambreras de Plata 2017
"Entrega de la Medalla de Oro de Córdoba a Pablo García Baena (1986)"
Entrevista a Antonio Perea, fundador y Presidente de honor del Ateneo de Córdoba
Paco del Cid canta una canción de Carlos Cano
Recital poético de Pilar Sanabria

CONVOCADOS LOS PREMIOS LITERARIOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA
IX Premio de Relato Rafael Mir.
XXXVII Premio de Poesía Juan Bernier.

Fallo de las Fiambreras de Plata 2020 y Extraordinarias 2021, relación de homenajeados aquí.

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Agustín, un flamencólogo

De Ateneo de Córdoba
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Hacía una espesa calorina en julio de 1972, como debe, cuando fui con Antonio Povedano a Montilla en la que acababa de instalarse la exposición de El Flamenco en al arte actual. Donde fue Casa del Inca Garcilaso, ejemplo de fértil exilio, cuya figura une siempre a la de don José de la Torre, su estudioso, y que es de esperar sean honradas a la luz del 92, conocí a Agustín Gómez, hijo de El Lucero el cantaor, con peña activa, quien hablaba apasionadamente del asunto que nos había llevado a una de las capitales del mosto. Supe enseguida que esa ardentía de tono iba acompañada del entendimiento. Para un profano era ocasión de achicar, en lo posible, su ignorancia. Yo había contribuido a esa mostra, que iniciaba su trayectoria, con un poema de homenaje a Ricardo Molina, el que, a partir de los años cincuenta, abrazó la fe del flamenco hasta convertirse en uno de los apóstoles.

Este Agustín, como aquel de Hipona, cree que en el interior del hombre residen las verdades, y explayarlas exige un talante caliente, riesgo y tenacidad para decir para decir lo que se piensa sin ofusques dogmáticos, pero también sin importarle que el sol salga por Antequera o por las Hespérides, un suponer. En la flamencología -término acuñado por González Climent- hay eruditos que piden el documento a todo y a todos, lo que no se les puede reprochar, y hay glosados literarios, poetas o no poetas, a los que les importan estas cuestiones ancestrales y difíciles como base recreativa y, por descontado, objetivo de análisis.

Pues bien: se me antoja que Agustín Gómez no se alinea en ninguna de esas estirpes, aunque mantenga relaciones con ambas. Me explico: sabe cuanto es preciso sobre la materia, sólo que no se siente prisionero de las fichas que huelen al influjo de autoridades muy asentadas. Agustín es un escritor de raza y un crítico de absoluta ley, como la comprueba en su sección de Córdoba. Para él la temperatura -guerra al frigorífico- es una condición indispensable de lo que escribe. No se ha dejado deslumbrar por teorías muy en candelero; las discute con sólidas argumentaciones, echándole valor a las disidencias, dispuesto a no comulgar con ruedas de molino ni de cualquier otra especie.

Agustín ha titulado el último libro -van seis en su inventario- El flamenco es vida. Razona así: El gran debate de la divulgación y crítica del Arte Flamenco está en su filo en donde hay que decidirse por una concepción nueva del fenómeno flamenco en las claves de la música generalizada del mundo actual, o por el concepto clásico, específico, de tradición identificada con lo particular andaluz, que distingue al flamenco como rara avis. Cualquier decisión en esta postura límite es definitiva y exclusivista. No admite marcha atrás ni comparte.

La primera actitud supone apertura de un flamenco encerrado en sí mismo, vanguardismo, puesta al día… La segunda es, frente a la primera, más antipática… sería una involución, una actitud reaccionaria. Y, sin embargo, algún tesoro encierra”. Y concluye: “He llegado a pensar que no hay flamenco nuevo porque, sencillamente, no hay flamenco viejo”.

Lo que es vida en la más singular de las formas musicales y textuales impide la inclinación tajante hacia una de esas tendencias que, ayer y hoy, conviven. Agustín rechaza los pronunciamientos a pie juntillas; o sea, ni mairenismo ni caracolismo a pito solo. La savia del cante anda repartiéndose, y lo que interesa es que esté ahí transmitiéndonos la esencialidad y el temblor. Es curioso que Kierkegaard, padre del existencialismo, afirmara que el temblor es clave de la filosofía. Seguro que nunca escuchó martinetes, ni soleares, ni nada del jondo. La filosofía del flamenco no se concibe sin ese movimiento impulsante del ánima, sin esas raíces en pie, sin esa cúpula del grito, sin esa ondulación dramática o alegre de la copla. Herida o no, según, transforma en arte lo elemental humano, nos acerca a la cima del ser, hace de la tradición, no tan remota, un desafío, y de la desnudez una respuesta bronca, sentimentalizada, rebelde arraigada o e sonante pajarería.

Este montillano, que oficia desde públicos mostradores (el libro, el periódico, la radio) su menester concienzudo no podía desentenderse de una circunstancia que se repite desde el siglo XVIII hasta hoy: la vinculación de la poesía, anónima y firmada, con la fuente flamenca. No se sorprende que aborde ese hecho a través del grupo Cántico, que es como una familia real de Córdoba, incluso por lo que se refiere al juicio propio de lo que se juzga intocable (aquí no ocurre lo que en Inglaterra). Al grupo Cántico lo engloban, si bien cada uno de sus componentes haya mantenido su mimbre individual. El adelantado del interés por el jondo sería Mario López en Garganta y corazón del Sur. Y la excepción, que yo sepa, Julio Aumente.

Agustín vino al muy ensolerado Ateneo, el que tuvo como primer presidente al Duque de Rivas, para hablar a fondo de ese tema tan insignificativo. El Ateneo de Córdoba y el de Prado, 21, respaldaron el hermanaje. Hice, muy gustosamente, el prólogo de lo que fue una fiesta íntima, de cabales -Blas Vega y Ríos Ruiz, Povedano y Venancio Blanco entre los asistentes- que alcanzaría atmósfera de cuarto, gracias al cante grande de Rafael López Recio y al toque de Rafael Trenas. El conferenciante, como suele, se arrancó por bulerías, porque la teoría y la práctica le resultan familiares. Como otros críticos, prueba que es cocinero y fraile.

La invitación del acto decía, por error, Presidente del cántico en el flamenco. Al fin, la poesía y el flamenco son siempre un cántico, de garganta o pluma. Los poetas, desde Augusto Ferrán, han sido intérpretes del enlace. Uno de ellos, Manuel Machado, lo expresó inolvidablemente: “Vino, sentimiento, guitarra, poesía/ hacen los cantares de la patria mía,/ Cantares…/Quien dice cantares dice Andalucía”.
Luis Jiménez Martos
Diario Córdoba 17 de julio de 1992