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Siete veces siete

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Presentación de Cuadernos de Ulía
La colección de poesía de Cuadernos de Ulía, editada en Fernán Núñez por Jorge Huertas, -Fernando Serrano- ha alcanzado su número 49, y con él se ha cerrado el ciclo que el editor ocasional se propuso en 1989, cuando inició la publicación.. Han sido, pues, siete a razón de otras tantas entregas poéticas impresas por Florián Valentín en su imprenta de Cabra y recogidas anualmente en sendas carpetas. Hace unos días, una bodega de la villa ducal acogió un acto poético y festivo organizado por el Ateneo de Córdoba para celebrar el buen fin de la empresa.

En Cuadernos de Ulía, pues, han ofrecido una muestra casi siempre inédita de su producción 49 poetas cordobeses o enraizados en nuestra ciudad o provincia, y un número largo inferior de ilustradores han puesto su arte en las viñetas que contemplaban las plaquettes; del cuidado en todos los detalles de la edición da fe este somero repaso de ilustradores: Ginés Liébana, Miguel del Moral, Antonio Povedano, Rafael Botí... hasta más de cuarenta; en ocasiones los propios poetas, como Mario López, Vicente Núñez, Pablo García Baena o José Luis Parra Jurado han sido también ilustradores.

Nómina amplia

La nómina de autores ha sido amplia y variada. Desde Lucano y el árabe Ibn Suhayd hasta algunos de los más jóvenes poetas cordobeses han pasado por la colección, sin olvidar algunos contemporáneos como Juan Rejano, Juan Ugart o Juan Bernier, que, aunque ya no se encuentren en el libro de los vivos, siguen dejando su influencia poética en los autores actuales; entre los consagrados en diversos ámbitos figuran nombres como García Baena, que precisamente cierra la colección, Leopoldo de Luis, Mario López, Vicente Núñez, antonio Rodríguez Jiménez, Carlos Clementson, Juana Castro, José de Miguel o Manuel de César, y entre los más recientes, no conviene olvidar que autores que ya gozan de un cierto nombre, al menos en el ámbito provincial, tuvieron aquí su primera oportunidad de publicación: es el caso de José María Molina Caballero, María Rosal Nadales o Manuel Lara Cantizani.

Entre tan amplio registro de autores no tiene sentido hablar de que los Cuadernos de Ulía hayan sido la voz de tal o cual de las escuelas hoy en vigor y disputa; aquí han tenido su ocasión de decir su palabra poética autores que están muy por encima de disquisiciones. Lo que sí es cierto es que, dado que todos los autores son cordobeses parece lógico que la influencia del Sur, sus temas y sus ecos, hayan estado presentes en la mayor parte de las entregas de la colección.

Para quienes pensamos que la poesía no es sólo palabras, sino que las palabras bellas precisan de la liturgia de una edición solemne, los Cuadernos de Ulía han sido una función solemne, y a lo largo de los siete años la presentación, con mínimos cambios, ha ido mejorándose hasta alcanzar un nivel pocas veces igualado, y que hace pensar, mutatis mutandis, en las elecciones malagueñas cuidadas por Caffarena o Fernández-Canivell. En las dos primeras carpetas las plaquettes cambian de color, a partir de la tercera, se optó por una elegante cartulina blanca para todos ellos y limitándose el color para el título, mejorándose también el papel. Al término de cada carpeta, hasta la quinta, se entregó un díptico con breve curricula de los autores; los dos primeros cuadernos de la sexta tirada llevaban el currículum en la solapa, que volvió a desaparecer en el número siguiente, dejando en lo sucesivo los datos bio-bibliográficos del autor en la cara interna de la contraportada. Estos detalles, que para algunos pueden parecer nimios, manifiestan que el cuidado de la presentación y la búsqueda de la perfección ha sido una constante de los Cuadernos durante toda su existencia.

Cultura no subvencionada

No es el menor de los méritos de esta colección el haber sobrevivido hasta su fin previsto con las solas fuerzas del entusiasmo de Fernando Serrano y la aportación de los poetas –en su mayor parte, amigos del editor, así como el núcleo de suscriptores que han seguido con interés de coleccionista la aparición de cada una de las plaquettes. En estos tiempos de cultura subvencionada, en que se gastan cifras astronómicas del erario público en ediciones a veces descuidadas, no es mal síntoma que los Cuadernos de Ulía hayan subsistido sin más aportación pública que la adquisición, puramente simbólica, de cuarenta carpetas por parte de la Diputación cordobesa.

Su tirada restringida y su distribución por el sistema de suscripción convertirán muy pronto a los Cuadernos de Ulía en piezas de coleccionismo bibliográfico, que han de hacer recordar sin duda los intentos de algunos poetas de principios de siglo por poner en el reducido mercado de los lectores de poesía –suena casi ofensivo decirlo así- piezas editadas con el cariño y el mimo de quien de verdad ama la poesía. En este sentido, pocas colecciones de ese formato minoritario han conseguido alcanzar la cifra de 49 entregas; siete veces siete, según el simbolismo bíblico de los números.

Ya sólo falta saber qué nuevo proyecto alberga la cabeza siempre en ebullición del poeta de Fernán Núñez, porque lo cierto es que el final de los Cuadernos de Ulía sólo se puede considerar como un punto y seguido.
Antonio Varo Baena
Diario Córdoba, 2 de mayo de 1996